Carta a un adversario

Empezaré explicando por qué te llamo así: un adversario es alguien a quien se considera contrario en algo. No es exactamente un enemigo, ya que esto último implica para mí algo más serio: un rechazo, una repugnancia personal hacia alguien. Y no es ese mi caso. No siento envidia hacia ti, ni te deseo mal alguno. Todo lo contrario, créeme. Eres mi adversario simplemente porque hemos chocado en algún concepto, en alguna idea, en alguna opinión.

Hace poco intenté publicar un comentario en tu blog y no me lo aprobaste. Algo te sentó mal, y te escribí mostrándome extrañado y con intención de saber el motivo de tu decisión, para intentar que entendieras mis razones e impresiones sobre ello. Intenté ser conciliador y educado, y me chocó que tu respuesta no tuviera un tono similar. Me extrañó que además pareciera que menospreciabas todo lo que te decía. Incluso, permíteme que te lo diga, estuviste grosero en alguna ocasión. Pero no pasa nada, de verdad. Incluso creo que no te importa lo que yo pueda pensar, pero como te digo, no pasa nada. Es más: déjame pedirte disculpas. No es ninguna broma.

Sí, disculpas por dos razones:

La primera es que debo confesarte que invertí algún tiempo y recursos en informarme y en escribir un artículo en el que mencionaba todos estos hechos a los que aludo, a la vez que de alguna forma ponía el “grito en el cielo” pidiendo justicia, apelando a la lógica y al sentido común, y criticando lo que yo consideraba poco apropiado para un medio como el que diriges, hablando incluso de engaño y censura… Todo de forma educada, por supuesto, aunque quizás en este momento eso es lo de menos. He estado a punto de publicarlo, ya que el pasado viernes pude darle las últimas pinceladas. Pero este fin de semana, por circunstancias que no vienen al caso, me he acordado de que yo no soy quien para poner el grito en el cielo por nada, ni para juzgar ni menospreciar las opiniones ni los sentimientos de los demás, ni mucho menos a las mismas personas. La justicia es algo que sólo corresponde a Dios.

La segunda razón es simplemente que dije algo que te molestó. No estaba de acuerdo contigo y te di mi opinión en ese comentario que no llegó a ver la luz. Hubo una frase que consideraste irrespetuosa, según me dijiste. Concretamente, no te gustó que te dijera que siguiendo esa línea informativa, mañana mismo borraría mi suscripción a tu podcast. Poco importa que yo crea que esa frase no es irrespetuosa y que es sólo una afirmación en base a una opinión, tal y como te dije. Lo verdaderamente importante es que tú te sentiste de alguna forma agredido por estas palabras, según me has hecho entender. No era mi intención molestarte, te lo aseguro. Y no pretendía, ni mucho menos, alimentar a quienes dices que se alegran de que pierdas seguidores. Nada más lejos de mi intención.

Por tanto, y además públicamente, ya que mi intención era precisamente comentar aquí todo lo que he mencionado antes, te pido que aceptes mis más sinceras disculpas.

No quisiera acabar sin animarte a una cosa: si es verdad que, como afirmas, lo que haces lo haces por gusto y por “amor al arte”, que no te importen las “audiencias”, ni lo que piensen los demás. Que no te importe si se ríen o no cuando puedas perder oyentes, porque si precisamente la satisfacción la encuentras en el gusto por ese trabajo, no tiene sentido, en mi humilde opinión, que te molestes ni te preocupes por esta cuestión. Porque además, tu trabajo no depende de ellos. Y por desgracia, en este caso sí que es lógico pensar que no te faltarán, además de adversarios, enemigos. Y no lo digo sólo en el caso del podcast del que eres responsable, sino porque es lógico pensar que cualquier medio público tendrá, en función de su expansión, un número determinado de seguidores, pero también de detractores. Es lo normal.

Quisiera acabar deseándote éxito y satisfacción en ese proyecto en el que pones tanto empeño y ganas. Espero que veas recompensado tu esfuerzo. Un saludo, Sagit.

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